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Eloísa y los bichos

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Cuesta procesar los cambios, sentirse diferente, sola, desarraigada; Tampoco hace falta irse a un lugar distinto como le ocurre a Eloísa y a su papá, pero ella nos mostrará cómo, al final, la vida es un constante aprendizaje y cómo los cambios nos enriquecen.

Existe una potente combinación entre el texto de Jairo Buitrago (que mi amiga Bea leería pausadamente, con intención, transmitiendo toda su carga) tan sencillo y poético a la vez, y las simbólicas imágenes de Rafael Yockteng, que plasman los sentimientos de la protagonista, su extrañeza y desconcierto, a través del recurso de representar a los otros como insectos, extrañas criaturas (bichos raros) con las que Eloísa convive hasta que, poco a poco, se produce la metamorfosis.

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Este es un libro que emociona. También es un libro que acoge. Por eso forma parte de las selecciones más prestigiosas de las instituciones que se dedican a la promoción de la lectura y por eso Antonio Ventura ha editado este libro tan cuidado. Debería ocupar, por tanto, un lugar destacado en nuestras estanterías y en nuestros corazones lectores.

Ana M.

Eloísa y los bichos. Texto de Jairo Buitrago; il. de Ragael Yockteng.  El jinete azul, 2012

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Dime con quién lees…

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Esta vez me toca escribir mucho en lugar de mis habituales reseñitas rácanas, sépanlo todos por adelantado. Y es que antes de entrar en el lío es necesario conocer cuatro cuestiones:

1. Se me ocurrió llevar Pablo pájaro al aula de secundaria: los chavales no entendían, me lo devolvían y me preguntaban si era un sueño o qué, y no se interesaban más.

2. Yo me limitaba a ver colores muy sólidos, unos ojos enormes azul cielo y rizos, muchos rizos, pero nada más. Cada vez tenía más claro que había que sentarse a escribir una crítica cortante y rotunda, que son las que me molan, y dejarme de historias.

3. Atención: decidida la cuestión del hachazo terrible y homicida, en facebook encuentro imágenes de las tres brujas felicitándose de la llegada de Pablo Pájaro a las librerías, e incluso de su autor, Alé Mercado, leyendo a los niños. No pude evitarlo, pensé: “Pobres, tragan cualquier cosa.” Pero claro, a ver con qué cara me presentaba yo a contarles que cómo se les ocurre potenciar este libro tan sinsustancia.

4. Ayer 15 de abril, día en que mi hijo cumplía dieciséis meses, nos acercamos a la biblioteca para que la bruja Beatriz Sanjuan le leyera cuentos. Aprovecho para ir suavizando el golpe y le comento que, sintiéndolo mucho, no me queda más remedio que ponerle un insuficiente al libro y que vuelva en setiembre. Y entonces Beatriz me pregunta si lo he probado con mi baby. Ni se me había ocurrido: es demasiado largo para él. Obviamente, no sé yo lo que va a entender.

Y dale. Notazas que saqué en historia de la crítica literaria y sigo sin interiorizar el goce sin comprensión que ofrece el arte. Amigos: a las diez de la noche la reseña era otra. Lo que voy a escribir es, más o menos, lo que mi niño me contó de Pablo Pájaro.

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“Mamá, qué libro más precioso tienes esta noche. ¿Tú le has visto los colores? Con la edad que tengo, nada más enfocar la primera página, le planto un beso directamente a Pablo, que cree que es un pájaro, y al que distingo perfectamente dormido en el árbol, porque él es blanco entre tanto naranja. Y cuando tú finges despertarte porque Pablo se despierta, me identifico con lo que pasa cada mañana para ir a la escuela. Qué gracia tiene eso de estirar las alas, y moverlas frenéticamente… No sé si me haces más gracia tú o el dibujo. Y hasta aquí mi concentración. Voy a llevarle el libro a papá porque esto no debería perdérselo.

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Cuando los colores vuelven a cambiar, al azul que es de interiores, me vuelve a despertar la concentración. Qué curioso el bicho ese grande que persigue a Pablo… Aunque antes de terminar ya me centro en otras cuestiones, vuelvo a escuchar cuando aparece la mamá, porque vuelve a cambiar el color y porque esa señora que pone en su sitio al gato y salva a Pablo in extremis es una mamá fijo. Y entonces Pablo se convierte en un gato. Clarísimo. Vuelvo a llevarle el libro a papá porque esto se lo ha perdido.  Y ahora ponme a la teta, que tengo que dormirme pero no pienso soltar el libro.”

Yo creo de verdad que él sabía que tenía la intención de ponerlo tibio y que no iba a consentirlo. Y es que no tiene que pagar el libro mi desconocimiento de la literatura para niños muy pequeños. Me doy cuenta de que asocio la literatura para ellos con historias muy simples, sin el grado de abstracción de éste, con dibujos muy delimitados y colores chillones, sin la calidez de los que acompañan a Pablo Pájaro. Pensaba que sabía que los niños podían apreciar la belleza desde el principio. Y probablemente lo sabía, pero no me lo creía hasta que mi hijo me ha dejado claro que a él, personalmente, Pablo Pájaro le ha encantado.

Lorena V.

Pablo Pájaro. Alé Mercado.  Colección Isla Flotante.  Editorial Thule.