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NO HAY NADA QUE LEER

Código de Circulación 1

El código de circulación.

Mario Ramos.

Traducción de Rafael Ros

Corimbo. Barcelona, 2010.

Son las 19:55 y sólo me quedan 5 minutos antes de cerrar la librería y dar paso al fin de semana. Puedo decir que hasta el momento ha sido una tarde tranquila, casi aburrida, sin clientes cuyas preguntas hayan supuesto grandes retos literarios. Hasta el momento.

Suena el “clank” de la puerta al abrirse. Mis emociones se debaten. Por un lado, el cómodo tedio no quiere intrusos, así que me invita a pensar que quizá sólo es el viento, que hoy sopla fuerte fuera. Seguro que es quien viene a importunar. Por otro lado, la chispa intelectual se despierta, deseando que sea alguien que traiga esa duda que despierte los sentidos y ponga a prueba los reflejos.

Una chica de unos treinta y tantos se acerca al mostrador, con su pelo víctima del viento y cara de última hora.

– Buenas tardes. ¿Todavía me atiendes si te pido un libro?

(Punto para la chispa intelectual).

-Por supuesto. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

-Mira, tengo un niño de 6 años que está empezando a leer. Quería algo para que se fuese arrancando.

(En realidad lleva arrancándose desde que nació).

Aunque no es una petición infrecuente, esta vez decido dar una vuelta de tuerca más a la respuesta. Al fin y al cabo, un reto intelectual no se debería salvar por la vía fácil.

-A ver qué te parece éste.

Sin mediar palabra acerca del libro, le tiendo “El Código de Circulación”, de Mario Ramos, abierto por la primera página como invitación ineludible.

Su primera expresión es de satisfacción. Parece que va a resolver la papeleta más rápido de lo que esperaba. Pero a medida que pasa las páginas se va borrando su sonrisa y su cara de alivio, en favor de un ceño fruncido que traduce su incredulidad.

Sin siquiera terminar de pasar sus cuarenta páginas, denuncia:

-¡Pero si no tiene letra! – como si algún duendecillo fuera el responsable de haber robado el texto sin que yo lo supiera-. ¿Y cómo se supone que va a iniciarse en la lectura si no tiene nada que leer?

-Vale, reconozco que te lo mostré con la intención de llamar tu atención con respecto a esto. Pero en realidad, ¿no es cierto que, igual que leemos las señales en la carretera y con ello desciframos un mensaje, podemos leer las imágenes de este álbum ilustrado descubriendo así su historia?

-Bueno, visto de esa manera…

-No sólo eso. La mecánica de la lectura es algo sobrevalorado. Hoy día hay mucha presión para romper a leer. Nos debería importar la lectura interiorizada. En palabras de Graciela Montes1 “leer es, en un sentido amplio, develar un secreto. El secreto puede estar cifrado en imágenes, en palabras, en trozos privilegiados de ese continuum que llamamos realidad”.

-¿Y no resultará pobre este libro por tener sólo imágenes?

-Al contrario. Las ilustraciones en acuarela, tinta y lápices de Mario Ramos son ricas en matices y dejan ver tantas historias como quieras imaginar. Eso sí, requiere que quienes lo lean intervengan activamente. De lo contrario, se quedaría cojo.

-¿Y qué ves mejor, que se lo cuente yo o que lo lea él sólo?

-Voy a contarte lo que ocurrió cuando se lo leí a mi hijo. Tiene 5 años y, como el tuyo, lleva 5 años iniciándose en la lectura. La primera vez que lo abrimos, no sabía cómo empezar a contárselo. Así que, sin pensárselo dos veces, empezó él. La sensación fue extraña, pues por primera vez caí en la cuenta de que, frente a un álbum ilustrado sin palabras como éste, estábamos en igualdad de condiciones. Es más, su imaginación y su falta de cohibición adulta le daban ventaja. Su lógica visual era suficiente para ir descifrando la historia central, en la que Caperucita va atravesando el bosque camino de la casa de su abuela, cruzándose con personajes de la talla de Los tres osos, Pulgarcito o el mismísimo lobo feroz (no tan feroz aquí, como es habitual en la obra de Mario Ramos, donde los villanos suelen presentarse como bastante ridículos). Todos ellos en un contexto ajeno a sus obras de origen. También muchas otras historias se vislumbran en los márgenes del camino. Además, de forma muy original, cada uno de ellos viene precedido y presentado por una señal de tráfico con su silueta, invitando a adivinar escenas en ocasiones contrarias a las que nos expondrán en la doble página siguiente.

-¿Así que fue él quien te lo contó a ti?

-Así es. O más bien, así empezó. Y disfruté mucho de esa sensación. Pronto él me exigió que fuera yo quien inventase historias disparatadas, divertidas. Sin duda lo que más le gustaba era descubrir una nueva versión con cada relectura. Además, el hecho de conocer a muchos de los personajes que aparecen, provenientes de las fábulas de La Fontaine y de cuentos clásicos, dio una perspectiva más familiar a este álbum. A su vez, la obra se infiltró en esos mismos cuentos clásicos, con comentarios de vuelta al Código de Circulación desde las historias que protagonizan los personajes del libro. Así me sorprendí a mí misma interpretando a los tres cerditos como adolescentes traviesos; dando la vuelta al cazador que escapa de su presa; con Pulgarcito animando a Caperucita al uso del casco (un tanto que se anota la educación vial, pues enseguida mi hijo criticaba la falta de protección en todos los personajes que van sobre ruedas), o la mamá de Caperucita ofreciendo a voces el pañuelo a su hija por ese constipado que tiene…

-¿Y cómo dices que se llama el autor? ¿O debería decir ilustrador?

-Mario Ramos. Belga de nacimiento, de madre belga y padre portugués. Muy conocido y valorado especialmente en Francia y Bélgica (tiene su propio día nacional en estos países, el 7 de noviembre). Me alegra que lo plantees como ilustrador. Aunque el dibujo fue una constante en su vida, tanto a nivel profesional como personal y emocional, él siempre se consideró un narrador. Le gustaba tratar temas serios, de gran peso, de forma que llegaran a los niños. Para ello, utilizó personajes animales que distanciasen al lector infantil de temas opresivos sin perder la esencia de los mismos. Como hilo conductor y filosofía de vida, aportaba el humor que, tamizado sobre toda su obra, le dio ese estilo personal que es tan reconocible en su trabajo. Malvados ridiculizados y vencidos con la imaginación o la igualdad entre poderosos y los que no lo son tanto, son distintivos de Mario Ramos. Quizá este afán por contar provenga de sus dificultades para comunicarse en la infancia. Algunos libros le ayudaron a superarlas y a través de sus álbumes ilustrados quiso brindar la misma herramienta a otros niños.

Para Mario Ramos un libro sólo existe cuando el lector lo lee. Te invito a que leas este libro a tu hijo. Con tu hijo. O que dejes que tu hijo te lo lea a ti.

-Sin duda me has convencido. Y no sólo voy a llevar este álbum ilustrado sin texto, sino que además voy a empezar a valorar mucho más lo que no está literalmente escrito. También cada ilustración. Y aún más: lo que ni siquiera se muestra.

-Me alegro mucho. Lo envuelvo para regalo, ¿verdad?

-Sí, por favor

-¿Qué nombre pongo?

El nombre ahoga mi respuesta. Lo envuelvo con un cariño especial. Es lo menos que puedo hacer en homenaje a este gran autor que nos dejó antes de tiempo tras haberse demostrado como una persona esencialmente tierna, honrada y capaz de recurrir al humor como la cortesía de la desesperación.

De la misma manera que esta reseña verá la luz gracias a Bosque de Lecturas, me gustaría agradecer a las personas que forman parte de este magnífico proyecto su pasión, dedicación personal y cariño . Gracias por invitarme a este magnífico viaje, el viaje de la lectura.

Laura F.

Citas:  Montes, Graciela (1999). La frontera indómita. México: Fondo de Cultura Económica.

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ESTO NO ES UNA RESEÑA SOBRE ZOOM

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ZOOM

ISTVAN BANYAI

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, 2012

Nº de páginas: 62.

No, no pretendo hacer una reseña; primero, porque creo que no sabría, y segundo, porque el libro ya está reseñado por dos compañeras de nuestro anterior Grupo de Trabajo:

http://selecciondelecturas.blogspot.com.es/2009/02/zoom.html?spref=bl

Lo que sí quiero es contar un par de anécdotas y hacer una reflexión sobre la “utilidad” de los libros y sobre mi propio concepto de “lo que hay que hacer” con ellos en el aula. Por fortuna, voy cambiando y aprendiendo (que una nunca es mayor para eso) y ahora, por fin he abierto definitivamente los ojos. Creo.

Me encantan los álbumes ilustrados y me encanta llevarlos a clase; proponer, a partir de ellos, actividades de escritura o incluso de plástica; hacer exposiciones de murales y carteles, organizar concursos… no sé, cosas grandes, que se vean.

Zoom es un libro que me ha gustado siempre mucho, pero con el que siempre tuve la sensación de que no era “aprovechable”. Al menos a mí no se me ocurrían ideas para “trabajarlo”. Por eso siempre lo usé de “comodín”, para esos minutos incómodos cuando terminas de explicar un tema y aún no ha tocado el timbre… para alguna guardia, para algún alumno de los de inmersión lingüística que no conoce nuestro idioma.

Este año lo llevé a mi clase de 1º de ESO. Me senté en la mesa y todos se pusieron a mi alrededor, unos en el suelo, otros en sillas, otros de pie. Fui pasando las páginas y sonriendo con sus comentarios, sus caras de expectación. Siempre cuando uno enseña este libro hay algún avispado que va anunciando “es una revista”, “es un anuncio publicitario en un autobús”, “es un sello de correos”; y siempre los demás le gritan “¡calla!” y continúan mirando y sorprendiéndose a pesar del aviso.

A llegar a final, los miré a todos. Sin dejarles decir nada, propuse: “Ahora vamos a verlo al revés” y empezando por una minúscula partícula en un Universo negro, llegamos hasta la rojísima cresta del gallo.

Timbre. Fin de la clase. Mientras recogía, escuchaba lo que hablaban: “Qué pasada”, “qué chulo”, “a mí me gustaba el indio viendo la tele en el desierto”, “pues yo voy a decirle a mi madre que lo busque, que quiero verlo más veces”.

Se me acercó una niña, María, y me dijo: “Profe, a mí me gustó mucho más la segunda vez” “¿Por qué?” “Porque cuando lo vimos desde la primera página hasta la última, al terminar, me sentí mal, pequeñita, sentí que no era nada en un mundo tan enorme; pero al volver a verlo de la otra forma, me dije: jo, pues yo también puedo ser grande, a lo mejor soy importante”

Me fui un poco emocionada, lo reconozco, y así entré con mis alumnos de 2º de Bachillerato.

Como llevaba Zoom en el bolso, y como siempre empiezo con ellos las clases leyéndoles un cuento, un poema, o recomendando alguna lectura, lo saqué e hice con “los mayores” exactamente lo mismo que con los “pequeñajos”. Las caras de asombro fueron las mismas, los comentarios muy parecidos, un chico me lo pidió para mirarlo en casa con más calma, varios copiaron la referencia del autor y la editorial.

Me llamó la atención otro alumno, el delegado, que después de tomar nota en un papel lo guardó cuidadosamente en un portafolios en el que había ya varias páginas y una portada maravillosamente artística. Le pedí: “¿Me lo enseñas?”. Me dijo: “Claro, Emma, es que voy guardando todas estas cosas de los primeros minutos de clase”. Y allí estaban todas las fotocopias de los cuentos, de los poemas, las referencias de los libros, alguna fotografía de alguno de ellos. Unas veinte páginas.

En la portada ponía: “Para disfrutar”.

(Emma Cabal)

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DISCURSO DEL OSO

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Discurso del oso

Julio Cortázar

Ilustrador: Emilio Urberuaga

Editorial: Libros del Zorro Rojo

 

Cortázar adoraba las brújulas, las Magas, vagar por la ciudad. Quizá también tener otra alma, de color rojo (vida, intensidad, movimiento, latido). Ser un espíritu misterioso que de noche pululase por el interior de nuestros edificios limpiandolos de obstáculos.

Quién dijo que los humanos no somos como las construcciones que habitamos, llenas de caños, conductos, ruidos, humedades. Llámense poros, soledades, miedos. Quién dijo que las personas como las casas, de noche, en la vulnerabilidad, no somos eso: simplemente entidades solas, tiernas, ávidas, llenas de canalizos sucios, masas con toxicidades que el cuerpo elimina a través de llámese sueño, llámese pesadillas.

Quizá de noche, como en el cuento, un oso rojo que saca la nariz por una de las grietas de nuestra casa, viéndonos tan despojados, tan atascados, no solo se dedique a limpiar el interior de nuestros pisos, sino también la fontanería de nuestra alma. ¿Otro alter de Cortázar?

La noche y la soledad. El miedo. Es más fácil imaginar que un gran oso rojo, surgido de la vida, lamerá nuestras heridas, las ausencias, la falta del otro, que enfrentarnos a cierto vacío. Paisajes urbanos, rostros cansados, camas anchas.

Dice de nosotros: esos “seres tan torpes y grandes […] tan solos”.

Cuesta tan poco, según abrimos este cuento, sentirnos arropados, cubiertos, embriagados, por la idea de que un alma buena, esa que tras “lamer nuestra nariz se va, vagamente segura de haber hecho bien”, pueda habitar los caminos por donde tansitan nuestro miedos.

Cada niño debería tener un oso rojo, antes lo llamarían un ángel bueno (las referencias cambian pero no la esencia: es tan horrible para un niño el miedo nocturno que dormirse con la esperanza de un bonachón guardián oso rojo que mora el cemento y que acude a calmar ansiedades, caray, bien merece la creencia de su existencia).

Donde digo verdad digo imaginación: los niños, afortunadamente aún no tiener poder para establecer ciertas fronteras, aunque sean semánticas (¿verdad o ficción?).

Los paisajes abundan en colores, la alegría inunda una a una las hojas del álbum, extensa como la fe: con ella moveríamos montañas. Ese ser alegre, insisto, contento, positivo, enriquecedor, cálido, alentador, en noches verdes, con lunas amarillas (viva la rebeldía en el canon del cromatismo real), sobre los tejados, entre los tubos, es un alma satisfecha en la cisterna de agua, en las pequeñas rutinas, en la simplicidad de lo pequeño.

Es un álbum que no admite límite de edad; es un cuento en contra del aislamiento, el miedo, la soledad a la que nos conducen esas ciudades que cercenan, esa vida del gruñido, la falta de tiempo, la agenda que aprieta. Quizá comprar este cuento, leérnoslo como un regalo (público adulto), compartirlo como un tesoro, por ejemplo leyéndolo de noche a los niños que como niños temen la oscuridad (infantil, primaria), nos concederán la calma y la dicha de ese gran oso rojo.

La sonrisa, su modo de moverse resbalándo, como si fuera más pez que oso voluminoso, la lírica que emerge del texo (sencillez y frescura), la accesibilidad del mensaje, el soplo de alegría. Solo desprende valores positivos y una atmósfera sedante. Que las propias guardas del libro sean rojas, como el oso, lo hace más grande: avisa al inicio, recuerda su valor al final.

Tamaño, color, texto, diseño. Soy afortunada, he vuelto a encontrar otro álbum luminoso.

Si te lo cuento, me lo cuento.

Si comparto, no estoy solo.

Creamos en los actos pequeños, en la bondad del oso rojo.

Al niño de diez años le pregunto ¿Por qué te gustó este cuento? Porque me lo dice el corazón.

Al de siete, porque todos los niños querrán tener ese oso rojo. Este oso rojo.

También yo quiero. Bienvenido, bien hallado, “vagamente seguro de haberlo hecho bien”. Ciertamente, Cortázar además de Maga fue oso rojo.

Natalia C. Vallverdú, abril 2013

 

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EL ABRIGO DE PUPA

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El abrigo de Pupa

Elena Ferrándiz

Thule, 2012

 

“Cada mañana se colocaba el abrigo de los miedos, el que tenía desde pequeña y que había ido creciendo a la vez que ella. Y salía a la calle envuelta en miedos”.

Hablar de los propios miedos es un acto de valentía. Porque supone confesarse débil y frágil, reconocerse vulnerable ante otros que tal vez se aprovechen o se rían; o, quien sabe, quizá comprendan. Hacerlo en un aula de 1º de Secundaria puede ser terriblemente peligroso o maravillosamente emotivo.

Hoy toca álbum ilustrado, El abrigo de Pupa, esa niña que teme al futuro y a que se repita el pasado, a la soledad y a la gente, a que todo cambie y a que todo siga igual, a no avanzar y a dar un paso. Esa niña que un día se desprende de su abrigo de miedos y vuela.

Los alumnos escuchan pensativos esa lista de miedos y se recrean en cada una de las imágenes, de una enorme carga expresiva y repletas de simbolismo. En cada página, sólo Pupa y su miedo, con un texto mínimo. Las guardas iniciales, rojas; las finales, verdes. Y, en la contracubierta, una cita de Lao Tse: “Aquello que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa”.

Y ahora vamos a hablar de nuestros miedos, pero de los de verdad, de los que a veces nos obsesionan o nos bloquean, de los que llevamos a menudo con nosotros, de los que aparecen cuando menos te lo esperas. No valen el miedo a la guerra, o a la muerte, o a la vejez, si no los hemos sentido nunca en nuestras tripas. No valen el miedo a las serpientes, o a los leones, si jamás los hemos visto. Valen los miedos cuyo origen podamos explicar, o aquellos que de los podamos describir las reacciones que nos provocan.

Empieza hablando la profesora. No es un miedo lo que va a confesar, sino una fobia. Les explica la diferencia entre los dos conceptos y les cuenta que ella tiene fobia a las agujas. Cuando va a sacarse sangre, tienen que tumbarla en una camilla. Inmediatamente, empiezan a salir lágrimas de sus ojos; no son hipidos escandalosos, sólo lágrimas que caen y que no puede reprimir. Las venas se esconden, y las enfermeras golpean suavemente el brazo durante varios minutos hasta que se dan cuenta de que es imposible, que sólo pueden pinchar en la muñeca. Y entonces es cuando la sangre decide no salir o lo hace tan lentamente que se coagula antes de llenar el frasco y hay que repetir la operación.

Tras un silencio, sigue uno de los chicos: Yo tengo miedo a los perros, porque cuando era pequeño, me mordió uno en la pierna (se baja los pantalones y enseña la cicatriz) y ahora, cuando oigo un ladrido, se me acelera el corazón.

Yo tengo miedo a la oscuridad, porque siempre pienso que va a venir alguien a llevarme, y me pongo muy nervioso si no dejo encendida la luz del pasillo cuando me acuesto.

Yo tengo miedo a que nadie me quiera, porque cuando cumplí diez años, nadie se acordó, ni me felicitó, ni tuve tarta ni regalos. Pasé el día solo. Llora. Sus compañeros le abrazan y proponen hacerle este año una gran fiesta.

Yo tengo miedo a mi padre. Pero no quiero contar más, profe, por favor. De acuerdo, cuéntaselo a quien quieras y cuando estés dispuesto.

Yo tengo miedo a que mis padres quieran casarme cuando cumpla los 16, porque yo quiero seguir estudiando y ser veterinaria.

Yo tengo mucho miedo a que mi abuela se muera, porque está muy enferma. Voy a verla siempre que puedo, pero tengo miedo a que se muera estando yo allí. Y también tengo miedo a que se muera y yo no esté.

 

Suena el timbre.

 

Bueno, chicos, tenemos que irnos. Pero tranquilos. Hemos hablado de nuestros miedos, y se han quedado aquí, ya no van con nosotros.

Pero profe, si se quedan aquí, volverán a estar mañana cuando volvamos.

Pues dejamos las ventanas abiertas, para que se esfumen ¿os parece?.

La profesora recoge con calma, mientras los alumnos salen, como siempre, atropelladamente. Abre las ventanas de par y en par y, después de abandonar el aula, cierra la puerta con llave.

 

Mañana, morfología.

 

Emma Cabal.

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CUANDO NACE UN MONSTRUO

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Cuando nace un monstruo

Sean Taylor y Nick Sharratt

Editorial Juventud, 2006

Ella siempre se sintió un monstruo pequeño. O quiso que un monstruo viviera debajo de su cama. Que los peludos tomaran vida. Eso fue mucho antes de la película Monstruos S.A. y Ted (una horripilante comedia sobre un oso de peluche rijoso que un día, fruto de un milagro navideño, se convirtió en el humano osezno mejor amigo de un sinsustancia adulto Peter Pan).

A partir de que sus sueños se hubieran hecho realidad, sus posibilidades hubieran sido otras. Otra vida, otras amistades (acaso lanudas), otro tamaño de cama donde el insomnio tiende a aterrizar. Entonces, en aquella época, cuando intuye que empezó todo, le hubiera encantado leer este álbum. Pasa a explicar el porqué.

La peripecia se antoja sencilla, nace un monstruo, crece un monstruo y se reproduce un monstruo. La vida de un monstruo y su relación con los niños. La vida, o sea la elección o sea los caminos que se toman y los que se dejan. Cómo decidir y cómo abandonar los miedos. El miedo en los niños (gran tema desde que los cuentos son cuentos, es decir, desde el origen del lenguaje), según la ciencia, se explica a partir de su ensayo adaptativo en pro de la especie: un precio a pagar, uno más, por ser humano, por la supervivencia, por dejar monstruitos, digo niñas y niños, en este mundo. Como adulta, a ella le sigue dando miedo elegir, tomar decisiones, responsabilizarse de su vida: como a los niños, como a las niñas, como a este monstruo. Es un relato de crecimiento, con un mensaje positivo, un ensayo que de forma agradablemente sencilla nos instruye en habilidades emocionales, en atender a lo que se siente cuando uno emprende un camino, aventura, experiencia, amistad. Con el monstruo, que en la segunda página ya es el niño, o la niña, o el adulto que lee (otro acierto: atrapa al receptor y se mimetiza con él), aprendemos a escuchar nuestros pensamientos, las consecuencias, derivar el miedo al absurdo y darnos cuenta de que nunca pasa nada: nuestra relación con las cartas que nos toca jugar y ya está. Uno, niño, niña, adulto, sale triunfador del cuento. Porque siempre hay otra vía, porque al elegir, ganas, y lo que pierdes ya no importa, no merece la energía, el tiempo, el desgaste, la ansiedad. Es un cuento para apandadores, aventureros, osados… miedosos, como ella.

Más aciertos. Más hechizos. Su estructura circular pero en zig-zag. Cada vez que el monstruo escoge, el monstruo avanza. Vence y vuelve a elegir. En definitiva, el monstruo vive las conductas que el niño teme y sale triunfador. Es la técnica del llamado “modelado”: vividos a través de otro aprendemos a superar los miedos. Somos más felices. Como nuestro monstruo.

La tipografía irregular, a varios tamaños, distintas fuentes, minúsculas y mayúsculas, es otro de los éxitos. El dibujo vibra en colores intensos, vivos, no existen grises y cuando aparecen son abandonados, al igual que el negro. Es impactante, influye su riqueza cromática y sus formas en un estado emocional positivo. Todo se destiñe de fucsia. O de verde rabioso. De vida. Es un canto a la confianza. A partir de aquí, el texto se relaciona magníficamente con la imagen, van a la par hacia la cumbre de la confianza.

Ella podría leer este cuento. Si lo leyera podrían sucederle dos cosas: o ser más feliz o ser más feliz. En ambos casos no debería abandonar este mundo sin llevarse a la cama a este maestro monstruo.

Fue Dickens quien hizo de la tesis “El amor siempre es más fuerte que el odio” una obra magna; Cuando nace un monstruo se hace a la luz y el rayo alimenta la semilla de la autoestima. ¿Posible perfil del lector? De tres a treinta y tres, pasando por trece. Con libros así, el fango del miedo de la vida adulta se pasaría sobre raquetas. O con botas de lluvia. ¿Ambas cosas, pues?

Natalia

 

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SR. MININO

 

9786077352983

SR.MININO

Autor e ilustrador: David Wiesner
Editorial: Océano
Paginas: 30 Pág.
Formato: 28,8 x 23,7 cm. Cartoné.

 

¿Pero se puede saber qué hace una profesora de Secundaria con un álbum ilustrado que aparece recomendado en reseñas y librerías para lectores de cinco años?

Pues muy sencillo: lo primero, confirmar que los libros, como el amor, no tienen edad. Y también, conseguir que un chico de doce años que llegó hace unos meses de Senegal, que habla y entiende bastante bien el castellano pero que apenas lo lee ni lo escribe, no sólo participe en la misma actividad que el resto de los alumnos de la clase, sino que además tenga los quince minutos de gloria a los que todos tenemos derecho y reciba los aplausos de sus compañeros.

¿Cómo? No lo sé muy bien, pero fue estupendo.

Durante el primer trimestre de este curso quise dedicar las lecturas de 1º de ESO al género de la ciencia ficción. Leímos varios libros, algunos relatos (Bradbury y Asimov, sobre todo), vimos las películas de ET y El Planeta de los Simios y preparamos luego una exposición de murales y carteles para recomendar nuestras experiencias lectoras a todo el instituto.

“¿Algún álbum ilustrado para que este chico pueda hacer también algo, para que pueda integrarse?” Beatriz inmediatamente dijo: “¡SR Minino!” y cogió este estupendo libro de una estantería y me lo dio.

A Sr. Minino no le interesan en absoluto los juguetes para gatos. Se pasea indiferente ante todos ellos, hasta que descubre uno que sí llama su atención; pero lo que no imagina es que se trata de una minúscula nave espacial, tripulada por diminutos extraterrestres. Tras los golpes recibidos por los juegos del felino, los hombrecillos verdes deberán salir en busca de materiales para repararla. Lo conseguirán, bajo un armario y con la ayuda de varias hormigas y una mariquita.

La ilustración combina páginas completas con otras divididas en viñetas. El álbum apenas tiene texto; o sí lo tiene, pero en un lenguaje simbólico que sólo las mentes despiertas son capaces de entender. Hay que saber mirar y saber leer para traducir a nuestra lengua el idioma extraterrestre y animal que utiliza el libro.

 

Mi chico de Senegal supo hacerlo de maravilla. Llegó a escribir tres páginas absolutamente ininteligibles en “algo” que no sé muy bien si calificar de castellano. No importa: ¡¡tres páginas!! Pero lo mejor fue cuando le propuse: “Ahora léeles tú el libro a tus compañeros”. Entonces se transformó. Ahí sí, hablar sí le gusta y lo hace bien: “¿Qué es eso? ¡Oh, no! ¡Son los ojos de una bestia! Capitán, tenemos un problema. ¡Corred, corred! ¡Socorro, que nos pisa!!! ¡Ayuda! No, nos pillarás, bestia. ¡Mira, hay otros seres vivos! ¿Hablas mi idioma?…” y así hasta el final: “Adios, adios, os recordaremos siempre…”

Una auténtica representación teatral, con un delicioso remate: “Y todos felices menos el Sr Minino. Pobre gatín.”

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LA PRIMERA VEZ QUE … CUMPLÍ TRECE AÑOS

La primera vez que nací

LA PRIMERA VEZ QUE NACÍ

Vincent Cuvellier y Charles Dutertre

Editorial SM

La primera vez que me leyeron este libro lo hizo una bruja. La primera vez que me lo contó me enamoró. La primera vez que lo leí para mí, recordé. La primera vez que se lo leí a mi lector más exigente, recordó la primera vez que mami le había leído un cuento. La primera vez que lo llevé al instituto y lo leímos pusieron cara rara primero, luego fueron sonriendo y acabaron entusiasmados.

La primera vez que nací nos cuenta la historia de Carlota, desde que nace hasta que se hace mamá. A través de sus recuerdos pasamos por su niñez, por su adolescencia, hasta que se convierte en una mujer adulta; descubrimos el amor y el dolor; crecemos con Carlota. Los textos son claros, normalmente cortos e ilustrados con imágenes sugerentes, de colores discretos y trazo sencillo (la imagen de la música, con ese cordón umbilical en forma de clave de sol es sencillamente genial)

Este libro para niños y no tan niños es un álbum ilustrado y es preciosísimo. Así lo digo.

Es un libro para saborear, para leer y releer los textos. Para mirar y remirar las imágenes. Es un libro que hace trampa. Empiezas a leerlo sin saber lo que te vas a encontrar y de pronto te ves inmerso en un montón de recuerdos y sensaciones. Te ayuda a rememorar situaciones, sentimientos, personas. Y te hace trampa porque has empezado su lectura sin saber, sin estar preparado para lo que va a remover en tu interior.

Hace trampa porque cuenta cosas muy importantes:

  • El valor de la música. “La primera vez que escuché música, no era la primera vez”.
  • De qué va esto de vivir. “La primera vez que eché a andar, me caí. La primera vez que caí, me levanté. La primera vez que me levanté, eché a andar”.
  • Lo que duele querer: La primera vez que mi abuelo murió, mamá me abrazó para consolarme. Pero, en realidad, fui yo quien la abrazó para consolarla.”
  • La aventura del amor: “La primera vez que le vi, llevaba una camisa celeste y le brillaban los ojos”.
  • Lo que supone ser padre y madre: “La primera vez que naciste, fue la segunda vez que nací yo”.

Les propuse a mis alumnos de 1º ESO que echaran la vista atrás y que bien solos, o ayudados por sus padres, recordaran sus primeras veces. El ejercicio les encantó. Leímos en voz alta esos recuerdos y nos reímos un montón, pero también nos quedamos serios, pensamos, vimos que en muchas cosas somos iguales… He aquí una muestra de un listado enorme de primeras veces (esta vez las tareas les parecieron divertidas e hicieron más de lo que se les pedía).

  • La primera vez que nací yo me quedé mirando a mi padre con los ojos abiertos como platos.
  • La primera vez que me hice un esguince dolió. Y la segunda. Y la tercera.

Mateo

  • La primera vez que me asusté fue a raíz de un anuncio de televisión. Tendría unos cuatro años, salía un elefante que daba un bramido muy fuerte y asustaba a una abuela que salía disparada por la ventana. Yo lloraba tanto que tenia que llamar a mi abuela por teléfono para ver si estaba bien.
  • La primera vez que recuerdo que me disfracé fue de Spiderman. Llevaba un traje con muchos músculos y me creía con superpoderes. Entré con la máscara en la frutería donde siempre voy y hacían como que no me conocían y se asustaban.

Alejandro Aramendi

  • La primera vez que sangré por las narices pensaba que me estaba muriendo.

Alejandro Caveda

  • La primera vez que cogí a mi hermana en brazos como era tan pequeña pensé que era un muñeco.
  • La primera vez que probé la coca cola las burbujas me subieron a la nariz y me produjeron un escalofrío.

Lucía

  • La primera vez que monté en moto atravesé el bardial.
  • La primera vez que nadé me quitaron la burbuja para ir al baño. Al volver, me tiré sin burbuja y casi me ahogo.

Pelayo

  • La primera vez que hablé, dije Mamá.

Indira

  • La primera vez que fui a un parque de atracciones no me subí a ninguna.
  • La primera vez que toqué la arena de una playa, quemaba.

Luis

  • La primera vez que monté en bicicleta, pensaba que iba sola, pero me estaba agarrando mi padre.

Martaprimera vez que en carnaval vi a uno disfrazado de marciano, grité: Es ET

Carlos

  • La primera vez que caminé fue en casa de mi abuela, pero fue casualidad. Tardé mucho en repetirlo.

María Granda

  • La primera vez que escribí, escribí mi nombre.
  • La primera vez que fui a la playa hice un castillo de arena.

Selene

  • La primera vez que toqué un gato casi me araña.
  • La primera vez que vi un payaso me asusté. NO me gustan los payasos.

Estefanía

  • La primera vez que oí música me puse a bailar.
  • La primera vez que fui a la guardería lloré para entrar y para salir.

Sara

  • La primera vez que me sentí mayor llevaba tacones de plástico.
  • La primera vez que me disfracé dormí con el disfraz.

Daniela

  • La primera vez que me abrazó mi padre no me acuerdo.
  • La primera vez que intenté bucear tragué mucha agua.

Alba

  • La primera vez que probé el limón, mi ceño se frunció. NO me gustó nada.
  • La primera vez que fui al colegio la profesora se puso a cantar. La verdad, me asusté.

Iris

  • La primera vez que fui a la piscina no paraba de mirar a mi madre, que estaba en las gradas.
  • La primera vez que fui a la playa comí arena.

María Fernández

 

Lo tengo claro: va a haber muchas primeras veces.

 

Flor.