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EL ABRIGO DE PUPA

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El abrigo de Pupa

Elena Ferrándiz

Thule, 2012

 

“Cada mañana se colocaba el abrigo de los miedos, el que tenía desde pequeña y que había ido creciendo a la vez que ella. Y salía a la calle envuelta en miedos”.

Hablar de los propios miedos es un acto de valentía. Porque supone confesarse débil y frágil, reconocerse vulnerable ante otros que tal vez se aprovechen o se rían; o, quien sabe, quizá comprendan. Hacerlo en un aula de 1º de Secundaria puede ser terriblemente peligroso o maravillosamente emotivo.

Hoy toca álbum ilustrado, El abrigo de Pupa, esa niña que teme al futuro y a que se repita el pasado, a la soledad y a la gente, a que todo cambie y a que todo siga igual, a no avanzar y a dar un paso. Esa niña que un día se desprende de su abrigo de miedos y vuela.

Los alumnos escuchan pensativos esa lista de miedos y se recrean en cada una de las imágenes, de una enorme carga expresiva y repletas de simbolismo. En cada página, sólo Pupa y su miedo, con un texto mínimo. Las guardas iniciales, rojas; las finales, verdes. Y, en la contracubierta, una cita de Lao Tse: “Aquello que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa”.

Y ahora vamos a hablar de nuestros miedos, pero de los de verdad, de los que a veces nos obsesionan o nos bloquean, de los que llevamos a menudo con nosotros, de los que aparecen cuando menos te lo esperas. No valen el miedo a la guerra, o a la muerte, o a la vejez, si no los hemos sentido nunca en nuestras tripas. No valen el miedo a las serpientes, o a los leones, si jamás los hemos visto. Valen los miedos cuyo origen podamos explicar, o aquellos que de los podamos describir las reacciones que nos provocan.

Empieza hablando la profesora. No es un miedo lo que va a confesar, sino una fobia. Les explica la diferencia entre los dos conceptos y les cuenta que ella tiene fobia a las agujas. Cuando va a sacarse sangre, tienen que tumbarla en una camilla. Inmediatamente, empiezan a salir lágrimas de sus ojos; no son hipidos escandalosos, sólo lágrimas que caen y que no puede reprimir. Las venas se esconden, y las enfermeras golpean suavemente el brazo durante varios minutos hasta que se dan cuenta de que es imposible, que sólo pueden pinchar en la muñeca. Y entonces es cuando la sangre decide no salir o lo hace tan lentamente que se coagula antes de llenar el frasco y hay que repetir la operación.

Tras un silencio, sigue uno de los chicos: Yo tengo miedo a los perros, porque cuando era pequeño, me mordió uno en la pierna (se baja los pantalones y enseña la cicatriz) y ahora, cuando oigo un ladrido, se me acelera el corazón.

Yo tengo miedo a la oscuridad, porque siempre pienso que va a venir alguien a llevarme, y me pongo muy nervioso si no dejo encendida la luz del pasillo cuando me acuesto.

Yo tengo miedo a que nadie me quiera, porque cuando cumplí diez años, nadie se acordó, ni me felicitó, ni tuve tarta ni regalos. Pasé el día solo. Llora. Sus compañeros le abrazan y proponen hacerle este año una gran fiesta.

Yo tengo miedo a mi padre. Pero no quiero contar más, profe, por favor. De acuerdo, cuéntaselo a quien quieras y cuando estés dispuesto.

Yo tengo miedo a que mis padres quieran casarme cuando cumpla los 16, porque yo quiero seguir estudiando y ser veterinaria.

Yo tengo mucho miedo a que mi abuela se muera, porque está muy enferma. Voy a verla siempre que puedo, pero tengo miedo a que se muera estando yo allí. Y también tengo miedo a que se muera y yo no esté.

 

Suena el timbre.

 

Bueno, chicos, tenemos que irnos. Pero tranquilos. Hemos hablado de nuestros miedos, y se han quedado aquí, ya no van con nosotros.

Pero profe, si se quedan aquí, volverán a estar mañana cuando volvamos.

Pues dejamos las ventanas abiertas, para que se esfumen ¿os parece?.

La profesora recoge con calma, mientras los alumnos salen, como siempre, atropelladamente. Abre las ventanas de par y en par y, después de abandonar el aula, cierra la puerta con llave.

 

Mañana, morfología.

 

Emma Cabal.

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SR. MININO

 

9786077352983

SR.MININO

Autor e ilustrador: David Wiesner
Editorial: Océano
Paginas: 30 Pág.
Formato: 28,8 x 23,7 cm. Cartoné.

 

¿Pero se puede saber qué hace una profesora de Secundaria con un álbum ilustrado que aparece recomendado en reseñas y librerías para lectores de cinco años?

Pues muy sencillo: lo primero, confirmar que los libros, como el amor, no tienen edad. Y también, conseguir que un chico de doce años que llegó hace unos meses de Senegal, que habla y entiende bastante bien el castellano pero que apenas lo lee ni lo escribe, no sólo participe en la misma actividad que el resto de los alumnos de la clase, sino que además tenga los quince minutos de gloria a los que todos tenemos derecho y reciba los aplausos de sus compañeros.

¿Cómo? No lo sé muy bien, pero fue estupendo.

Durante el primer trimestre de este curso quise dedicar las lecturas de 1º de ESO al género de la ciencia ficción. Leímos varios libros, algunos relatos (Bradbury y Asimov, sobre todo), vimos las películas de ET y El Planeta de los Simios y preparamos luego una exposición de murales y carteles para recomendar nuestras experiencias lectoras a todo el instituto.

“¿Algún álbum ilustrado para que este chico pueda hacer también algo, para que pueda integrarse?” Beatriz inmediatamente dijo: “¡SR Minino!” y cogió este estupendo libro de una estantería y me lo dio.

A Sr. Minino no le interesan en absoluto los juguetes para gatos. Se pasea indiferente ante todos ellos, hasta que descubre uno que sí llama su atención; pero lo que no imagina es que se trata de una minúscula nave espacial, tripulada por diminutos extraterrestres. Tras los golpes recibidos por los juegos del felino, los hombrecillos verdes deberán salir en busca de materiales para repararla. Lo conseguirán, bajo un armario y con la ayuda de varias hormigas y una mariquita.

La ilustración combina páginas completas con otras divididas en viñetas. El álbum apenas tiene texto; o sí lo tiene, pero en un lenguaje simbólico que sólo las mentes despiertas son capaces de entender. Hay que saber mirar y saber leer para traducir a nuestra lengua el idioma extraterrestre y animal que utiliza el libro.

 

Mi chico de Senegal supo hacerlo de maravilla. Llegó a escribir tres páginas absolutamente ininteligibles en “algo” que no sé muy bien si calificar de castellano. No importa: ¡¡tres páginas!! Pero lo mejor fue cuando le propuse: “Ahora léeles tú el libro a tus compañeros”. Entonces se transformó. Ahí sí, hablar sí le gusta y lo hace bien: “¿Qué es eso? ¡Oh, no! ¡Son los ojos de una bestia! Capitán, tenemos un problema. ¡Corred, corred! ¡Socorro, que nos pisa!!! ¡Ayuda! No, nos pillarás, bestia. ¡Mira, hay otros seres vivos! ¿Hablas mi idioma?…” y así hasta el final: “Adios, adios, os recordaremos siempre…”

Una auténtica representación teatral, con un delicioso remate: “Y todos felices menos el Sr Minino. Pobre gatín.”