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CUANDO NACE UN MONSTRUO

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Cuando nace un monstruo

Sean Taylor y Nick Sharratt

Editorial Juventud, 2006

Ella siempre se sintió un monstruo pequeño. O quiso que un monstruo viviera debajo de su cama. Que los peludos tomaran vida. Eso fue mucho antes de la película Monstruos S.A. y Ted (una horripilante comedia sobre un oso de peluche rijoso que un día, fruto de un milagro navideño, se convirtió en el humano osezno mejor amigo de un sinsustancia adulto Peter Pan).

A partir de que sus sueños se hubieran hecho realidad, sus posibilidades hubieran sido otras. Otra vida, otras amistades (acaso lanudas), otro tamaño de cama donde el insomnio tiende a aterrizar. Entonces, en aquella época, cuando intuye que empezó todo, le hubiera encantado leer este álbum. Pasa a explicar el porqué.

La peripecia se antoja sencilla, nace un monstruo, crece un monstruo y se reproduce un monstruo. La vida de un monstruo y su relación con los niños. La vida, o sea la elección o sea los caminos que se toman y los que se dejan. Cómo decidir y cómo abandonar los miedos. El miedo en los niños (gran tema desde que los cuentos son cuentos, es decir, desde el origen del lenguaje), según la ciencia, se explica a partir de su ensayo adaptativo en pro de la especie: un precio a pagar, uno más, por ser humano, por la supervivencia, por dejar monstruitos, digo niñas y niños, en este mundo. Como adulta, a ella le sigue dando miedo elegir, tomar decisiones, responsabilizarse de su vida: como a los niños, como a las niñas, como a este monstruo. Es un relato de crecimiento, con un mensaje positivo, un ensayo que de forma agradablemente sencilla nos instruye en habilidades emocionales, en atender a lo que se siente cuando uno emprende un camino, aventura, experiencia, amistad. Con el monstruo, que en la segunda página ya es el niño, o la niña, o el adulto que lee (otro acierto: atrapa al receptor y se mimetiza con él), aprendemos a escuchar nuestros pensamientos, las consecuencias, derivar el miedo al absurdo y darnos cuenta de que nunca pasa nada: nuestra relación con las cartas que nos toca jugar y ya está. Uno, niño, niña, adulto, sale triunfador del cuento. Porque siempre hay otra vía, porque al elegir, ganas, y lo que pierdes ya no importa, no merece la energía, el tiempo, el desgaste, la ansiedad. Es un cuento para apandadores, aventureros, osados… miedosos, como ella.

Más aciertos. Más hechizos. Su estructura circular pero en zig-zag. Cada vez que el monstruo escoge, el monstruo avanza. Vence y vuelve a elegir. En definitiva, el monstruo vive las conductas que el niño teme y sale triunfador. Es la técnica del llamado “modelado”: vividos a través de otro aprendemos a superar los miedos. Somos más felices. Como nuestro monstruo.

La tipografía irregular, a varios tamaños, distintas fuentes, minúsculas y mayúsculas, es otro de los éxitos. El dibujo vibra en colores intensos, vivos, no existen grises y cuando aparecen son abandonados, al igual que el negro. Es impactante, influye su riqueza cromática y sus formas en un estado emocional positivo. Todo se destiñe de fucsia. O de verde rabioso. De vida. Es un canto a la confianza. A partir de aquí, el texto se relaciona magníficamente con la imagen, van a la par hacia la cumbre de la confianza.

Ella podría leer este cuento. Si lo leyera podrían sucederle dos cosas: o ser más feliz o ser más feliz. En ambos casos no debería abandonar este mundo sin llevarse a la cama a este maestro monstruo.

Fue Dickens quien hizo de la tesis “El amor siempre es más fuerte que el odio” una obra magna; Cuando nace un monstruo se hace a la luz y el rayo alimenta la semilla de la autoestima. ¿Posible perfil del lector? De tres a treinta y tres, pasando por trece. Con libros así, el fango del miedo de la vida adulta se pasaría sobre raquetas. O con botas de lluvia. ¿Ambas cosas, pues?

Natalia

 

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LA PRIMERA VEZ QUE … CUMPLÍ TRECE AÑOS

La primera vez que nací

LA PRIMERA VEZ QUE NACÍ

Vincent Cuvellier y Charles Dutertre

Editorial SM

La primera vez que me leyeron este libro lo hizo una bruja. La primera vez que me lo contó me enamoró. La primera vez que lo leí para mí, recordé. La primera vez que se lo leí a mi lector más exigente, recordó la primera vez que mami le había leído un cuento. La primera vez que lo llevé al instituto y lo leímos pusieron cara rara primero, luego fueron sonriendo y acabaron entusiasmados.

La primera vez que nací nos cuenta la historia de Carlota, desde que nace hasta que se hace mamá. A través de sus recuerdos pasamos por su niñez, por su adolescencia, hasta que se convierte en una mujer adulta; descubrimos el amor y el dolor; crecemos con Carlota. Los textos son claros, normalmente cortos e ilustrados con imágenes sugerentes, de colores discretos y trazo sencillo (la imagen de la música, con ese cordón umbilical en forma de clave de sol es sencillamente genial)

Este libro para niños y no tan niños es un álbum ilustrado y es preciosísimo. Así lo digo.

Es un libro para saborear, para leer y releer los textos. Para mirar y remirar las imágenes. Es un libro que hace trampa. Empiezas a leerlo sin saber lo que te vas a encontrar y de pronto te ves inmerso en un montón de recuerdos y sensaciones. Te ayuda a rememorar situaciones, sentimientos, personas. Y te hace trampa porque has empezado su lectura sin saber, sin estar preparado para lo que va a remover en tu interior.

Hace trampa porque cuenta cosas muy importantes:

  • El valor de la música. “La primera vez que escuché música, no era la primera vez”.
  • De qué va esto de vivir. “La primera vez que eché a andar, me caí. La primera vez que caí, me levanté. La primera vez que me levanté, eché a andar”.
  • Lo que duele querer: La primera vez que mi abuelo murió, mamá me abrazó para consolarme. Pero, en realidad, fui yo quien la abrazó para consolarla.”
  • La aventura del amor: “La primera vez que le vi, llevaba una camisa celeste y le brillaban los ojos”.
  • Lo que supone ser padre y madre: “La primera vez que naciste, fue la segunda vez que nací yo”.

Les propuse a mis alumnos de 1º ESO que echaran la vista atrás y que bien solos, o ayudados por sus padres, recordaran sus primeras veces. El ejercicio les encantó. Leímos en voz alta esos recuerdos y nos reímos un montón, pero también nos quedamos serios, pensamos, vimos que en muchas cosas somos iguales… He aquí una muestra de un listado enorme de primeras veces (esta vez las tareas les parecieron divertidas e hicieron más de lo que se les pedía).

  • La primera vez que nací yo me quedé mirando a mi padre con los ojos abiertos como platos.
  • La primera vez que me hice un esguince dolió. Y la segunda. Y la tercera.

Mateo

  • La primera vez que me asusté fue a raíz de un anuncio de televisión. Tendría unos cuatro años, salía un elefante que daba un bramido muy fuerte y asustaba a una abuela que salía disparada por la ventana. Yo lloraba tanto que tenia que llamar a mi abuela por teléfono para ver si estaba bien.
  • La primera vez que recuerdo que me disfracé fue de Spiderman. Llevaba un traje con muchos músculos y me creía con superpoderes. Entré con la máscara en la frutería donde siempre voy y hacían como que no me conocían y se asustaban.

Alejandro Aramendi

  • La primera vez que sangré por las narices pensaba que me estaba muriendo.

Alejandro Caveda

  • La primera vez que cogí a mi hermana en brazos como era tan pequeña pensé que era un muñeco.
  • La primera vez que probé la coca cola las burbujas me subieron a la nariz y me produjeron un escalofrío.

Lucía

  • La primera vez que monté en moto atravesé el bardial.
  • La primera vez que nadé me quitaron la burbuja para ir al baño. Al volver, me tiré sin burbuja y casi me ahogo.

Pelayo

  • La primera vez que hablé, dije Mamá.

Indira

  • La primera vez que fui a un parque de atracciones no me subí a ninguna.
  • La primera vez que toqué la arena de una playa, quemaba.

Luis

  • La primera vez que monté en bicicleta, pensaba que iba sola, pero me estaba agarrando mi padre.

Martaprimera vez que en carnaval vi a uno disfrazado de marciano, grité: Es ET

Carlos

  • La primera vez que caminé fue en casa de mi abuela, pero fue casualidad. Tardé mucho en repetirlo.

María Granda

  • La primera vez que escribí, escribí mi nombre.
  • La primera vez que fui a la playa hice un castillo de arena.

Selene

  • La primera vez que toqué un gato casi me araña.
  • La primera vez que vi un payaso me asusté. NO me gustan los payasos.

Estefanía

  • La primera vez que oí música me puse a bailar.
  • La primera vez que fui a la guardería lloré para entrar y para salir.

Sara

  • La primera vez que me sentí mayor llevaba tacones de plástico.
  • La primera vez que me disfracé dormí con el disfraz.

Daniela

  • La primera vez que me abrazó mi padre no me acuerdo.
  • La primera vez que intenté bucear tragué mucha agua.

Alba

  • La primera vez que probé el limón, mi ceño se frunció. NO me gustó nada.
  • La primera vez que fui al colegio la profesora se puso a cantar. La verdad, me asusté.

Iris

  • La primera vez que fui a la piscina no paraba de mirar a mi madre, que estaba en las gradas.
  • La primera vez que fui a la playa comí arena.

María Fernández

 

Lo tengo claro: va a haber muchas primeras veces.

 

Flor.

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CARTAS DE UNA PIONERA

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Cartas de una pionera

Elinore Pruitt Stewart

Hoja de lata

Yo tuve una abuela, como casi todo el mundo, que era digna de un premio nobel por la tortilla de patata y de dos por los frisuelos. Como la abuela de casi todo el mundo, ya digo. Se quedó viuda con cuarenta y cinco años y dos hijas, y las sacó adelante a base de trabajo y esfuerzo. Como casi todas las madres. Fue a la escuela por las tardes un año, pero sabía leer y escribir como un muchacho de primero de secundaria, y mejoró mucho en su vejez, porque era forofa del Hola y del Pronto. Se murió hace ya diecisiete años, cuando yo tenía casi veinte. Se murió de cáncer, en su cama, conmigo al lado. Me consta que fue una mujer de rompe y rasga, que se apagó al final porque la enfermedad la atacó por muchos frentes, pero que no era fácil de abatir porque había soportado todos los vientos, incluidos los de la hambrienta posguerra, mucho más fieros y dolorosos, aunque no tan traicioneros.

Además, mi abuela era de pueblo, “de pueblo, pueblo”, no como yo que estoy algo pulida. Mi güelita se crió en una casa sin baño, salía con seis años a llindar les vaques de madrugada, vivió el cortejo en la antojana de su casa, sabía trenzar maíz y cebolla, correr con madreñes, ayudar a parir a mujeres y bestias, iguar calcaños, poner inyecciones, practicar abortos, facer boroña en medio del monte, cortar patrones y coser cualquier cosa menos pantalones. Y se sabía las historias de todo el pueblo, porque todos la habían necesitado en algún momento. Y a ella no quedaba otra que contarle la verdad.

Pero si me preguntas a mí, era una mujer que se moría de risa recordando su vida porque siempre se saltaba las partes amargas. Pelando patatas para cuarenta con sus hijas o sus amigas podía estar desmoronada riendo a carcajadas, y la recuerdo asándonos castañas en un borrón, preparando el tractor para subir al monte a ganar un concurso de paella, dejándonos salir con ella en plena nevada a dar de comer a los perros, y a continuación metiéndonos a sus tres nietas en el bañal de la cocina para calentarnos los pies con el agua que salía del calentador de gas butano, organizando meriendas con las vecinas más viejas, yendo a visitar a los enfermos con el bote de melocotón en almíbar, la caja de pastas Reglero y un kilo de azúcar, …

He disfrutado Cartas de una pionera no solo porque Elinore Pruitt tenga un estilo desenfadado, auténtico y fresco, unas divertidas anécdotas que contar y un optimismo y energía vital envidiables. A medida que avanzaba en la lectura comprendía mejor un refrán que, al tratar con la gente, me repetía mi abuela como un mantra: “el mejor hermano, el vecino más cercano”, que es el producto de luchar contra una tierra hostil y saber que solo conseguirás algo en armonía con los que te rodean. Empecé a confundir Wyoming con Limanes, y me recordé de pequeña bautizando a las ovejas como los pioneros americanos bautizaban a sus animales, con cariño y picardía. Elinore trufa sus aventuras con las historias personales de muchos de sus vecinos, algunas de las cuales son profundamente tristes o dramáticas. Mi abuela hubiera podido escribir una nueva biblia y a veces, sobre todo si los interesados fallecían, te dejaba cuatro datos para que hilases el cuento, pero la verdad es que era una tumba. Yo creo que sabía demasiadas cosas y lo que mejor sabía era ser discreta.

Pero si algo queda de todo esto es la constancia de que si decides afrontar tu vida como una aventura, ganarás; que nada hay más fuerte que la determinación de ser feliz ocurra lo que ocurra a tu alrededor y que por igual puedes ser reina en la cuadra que mendiga en una corte, todo lo llevas dentro. Planta cara, disfruta del viaje y olvida todo lo que no te convenga. Mi güelita decía que sólo había que llorar la salud, que todo lo demás seguía su camino y que había mucho que segar para pararse en tonterías.

Esta pionera es un modelo vital: independiente, fuerte, feliz, generosa, compasiva, auténtica… No sé de cuál de las dos mujeres de las que trata esta reseña estoy hablando ya.

Gracias, Lara, por la recomendación. Vengo con el estómago lleno de recordar.

Lorena

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TIENES UN VESTIDO BLANCO

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Título: TIENES UN VESTIDO BLANCO

Autora: María José Ferrada

Ilustradora: Arianne Faber

Editorial: A Buen Paso

Bonita historia que versa sobre el paso del tiempo. Obra que podríamos definir como un poema ilustrado: cada página narra un verso, acompañado de una imagen que lo ilumina. Las ilustraciones se caracterizan por un trazo sencillo e irregular sobre fondo blanco. El uso del color aplicado crea poesía visual en los detalles, con una gran capacidad expresiva.

 

La puesta en marcha de la lectura en el aula de 5 años resultó ser muy divertida. La respuesta que propició en los niñ@s que escuchaban fue un canto a la imaginación y una invitación al movimiento. Les dije que los próximos días acompañaríamos a la protagonista en su viaje. Y así lo hicimos… mediante una sesión de yoga. Les expliqué que la palabra yoga significa unión.

Unión de nuestro cuerpo con nuestra imaginación. Para notar esa unión necesitábamos sentir nuestra respiración en silencio. Los movimientos de nuestro cuerpo y las palabras que íbamos escuchando nos fueron acompañando en este viaje especial. Un viaje de la mano de una niña protagonista que nos fue llevando por las estaciones del año. Viaje en el que bailamos al compás de versos con un vestido blanco. Movimientos fluidos con los que jugamos a ser parte de la naturaleza. Con la llegada del verano saludamos al sol y nos sumergimos como peces en el agua de un estanque. Caminamos por los prados de la primavera y nos convertimos en vacas, llegamos a la selva y rugimos como pequeños leones… Miramos al cielo y vimos estrellas que alumbraban árboles con manzanas y cerezas. También contemplamos flores y escuchamos el zumbido de las abejas. El viaje se fue terminando y tumbados en el suelo descansamos como nubes del cielo, soñamos todo lo que habíamos vivido y… finalmente dejamos de escuchar palabras dulces y sonreímos”.

 

Mirian.

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OJALÁ PUDIERA FORMULAR UN DESEO

9788415208488

OJALÁ PUDIERA FORMULAR UN DESEO

JIMMY LIAO

Editorial:  BARBARA FIORE EDITORA

Número de páginas:  120

Este libro se nos presenta dentro de un estuche como suele hacerse con los objetos valiosos. A través de esa envoltura, en la que el título aparece semiescondido, el artista nos invita a sumergirnos en algo tan humano como son los deseos. El niño que aparece en la portada será el hilo conductor junto a su “tetelámpara” y su gato. Sin duda un gran homenaje a Aladino en las páginas iniciales, pero sin llegar a ser el verdadero asunto.

En una equilibrada mezcla entre el color y el blanco y negro, las ilustraciones realzan y enriquecen el texto, que nos ofrece los deseos de un desfile variopinto de niños y niñas. Las páginas no te dan tregua: el dibujo te asombra y lo que lees te conmueve. Los que somos seguidores de Jimmy Liao, celebramos esta exquisitez que afianza, más si cabe, a uno de los “grandes”. Uno de los descubrimientos más agradables que se puede tener es comprobar que ni los deseos de los niños son especialmente infantiles, dando lugar a profundas reflexiones, ni los destinatarios tienen por qué ser solo ellos. Cualquier adulto que abra el libro percibirá el gran poder de evocación que despliega y la sorprendente capacidad que tiene de conectar la vida adulta con la niñez perdida pero no del todo olvidada. Hay deseos de todo tipo y condición: poéticos, tristes, ingenuos, simpáticos, creativos, inusuales…

Deslumbrada por las enormes posibilidades que brinda este trabajo, decidí llevarlo al aula con alumnos de 1º de ESO. Al ser grupos pequeños, presenté el libro desde la cercanía del espacio físico y antes de sacar el libro del estuche les llevé la atención sobre ese detalle: el de presentarlo como si fuese una joya. Una vez mostrado el libro, pudieron comprobar que, en esta portada, ya se emplean unas brillantes letras plateadas que no solo se dejan leer con claridad sino que sirven de reclamo.

Y a medida que pasábamos las páginas, sin prisa, con deleite, nos impregnábamos de la delicadeza oriental en cuanto a las imágenes y los textos. Reflexionamos entonces sobre los deseos que podríamos compartir con los niños y niñas del libro sin que las diferentes nacionalidades influyesen y los que considerábamos culturalmente diferentes. A veces , tras un deseo se hacía el silencio (todo un logro de Liao) y se producía una sincera empatía; sobre todo, respecto a los deseos que no se pueden cumplir o que surgen del dolor.

Como pequeño taller de escritura, les propuse formular un deseo que no se pudiese comprar (por eso de evitar los coches, casas, móviles, etc.) y estas son algunas muestras:

Me gustaría tener a alguien a mi lado. Y un perro.

Desearía que mi abuela no hubiese fallecido.

Deseo tener un-a hermano-a y una novia.

Ojalá pudiera parar el tiempo para arreglar los errores hechos.

Yo pediría poder dar un refugio a todos los gatos.

Deseo que mi hermano me quiera más.

Ver a mi abuelo paterno este invierno.

Tener poderes sobrenaturales.

Vivir en paz.

Deseo tener un pensamiento.

A mí me gustaría volver a vivir las grandes aventuras que disfrutaba de pequeño.

Me gustaría ver a una persona que quiero mucho y está muy lejos, quisiera estar con él para siempre.

Que mi familia siempre tenga salud.

Lo mejor de todo es comprobar las inagotables posibilidades que ofrece y que, dependiendo de quien lo muestre y del alumnado, brotará un incesante caudal de actividades.

Olga Orviz

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PALABRAS DE GALEANO Y EL MONSTRUO DE COLORES

“Magda Lemonnier recorta palabras de los diarios, palabras de todos los tamaños, y las guarda en cajas. En caja roja guarda las palabras furiosas, en caja verde las palabras amantes. En caja azul, las neutrales. En caja amarilla , las tristes. Y en caja transparente guarda las palabras que tienen magia.

A veces, ella abre las cajas y las pone boca abajo sobre la mesa, para que las palabras se mezclen como quieran. Entonces las palabras le cuentan lo que ocurre y le anuncian lo que ocurrirá.”

(Eduardo Galeano: “Ventana sobre la palabra (IV) , en Las palabras andantes. Madrid. Siglo XXI)

Esta cita aparece en una de las actividades del libro “Mi escuela sabe a naranja” de Carmen Díez Navarro, en la que trabajan sobre los sentimientos y las palabras.

9788493987749

El monstruo de colores.

Anna Llenas.

Editorial Flamboyant.

Este curso, al desarrollar el Proyecto de Kandinsky, leímos el cuento “El monstruo de colores” (una vez más es la literatura nuestro recurso de comunicación y motivación preferido) y nos acercamos con los problemas del personaje a lo que el pintor decía: existe una estrecha relación de los colores con los sentimientos y las emociones . Coloreamos un monstruo y según el color del que estuviese pintado decíamos qué emoción representaba.

Después de las dos lecturas, jugamos con las palabras, los colores y las emociones.

Desde hace varios cursos tenemos en clase “cajas de palabras”: la caja de las palabras dulces, cariñosas, melodiosas… De algunas en principio no sabemos su significado, pero suenan bien: la caja del mar, la caja del espacio, la caja de los nombres propios. Sus nombres y los de su familia son las palabras que primero entran y luego los nombres de aquellos personajes que queremos guardar en un lugar especial. También está la caja de las palabrotas, las palabras feas, esas que todos y todas decimos a veces pero que no suenan bien y es mejor tener guardadas con un gran candado. Las decimos bajito, guardamos el cartel de la palabra y cerramos. Ésta caja han decidido que sea de color “caca”.

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CAJAS DE PALABRAS

En Chispas y Cascabeles aprendimos que hay palabras muy, muy cortas y otras largas. Para saber la longitud de una palabra tenemos que contar sus letras, pero también podemos medirlas si las escribimos con nuestra imprenta en tiras cuadriculadas con una cuadrícula igual que se repite como unidad de medida. Así, sin contar, comparamos aquellas palabras que “a ojo“ plantean dudas sobre su longitud y es muy fácil saber qué palabra es más larga o más corta y las letras de más que tiene una o las que le faltan para ser igual a otra.

También construimos una máquina de hacer palabras, esta vez sílaba a sílaba. Nos gusta palmear las sílabas y es otra manera de saber si una palabra es larga o corta.

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MÁQUINA DE HACER PALABRAS

Con palos de helados , cartones con la sílaba y rollos de papel metidos en una caja alargada( en nuestro caso, caja vacía de papel de aluminio ,forrada ) metemos cada cartel en cada rollo y escribimos palabras de dos , tres, cuatro o más sílabas, tantas como rollos haya en la caja.

Una vez más, los cuentos se unen para formar parte de las actividades del aula. Con ellos conocimos palabras cortas, largas, musicales, familiares, y algunas de ellas las unimos a sentimientos y a colores. Los cuentos tienen palabras. Y nos gusta tanto escucharlas que, en esta ocasión, las palabras y emociones con su color las llevamos colgadas en un “ monstruoso medallón”.

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MEDALLÓN MONSTRUOSO

Mirta

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La noche estrellada

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Uno de los alumnos que más problemas me está causando este año, es un chico gitano de catorce años. Molesta continuamente en clase, cacarea, saca navajas, lanza papeles con tirachinas… Me resulta imposible conectar con él ni por las buenas ni por las malas. Lo único que tiene bueno es que viene muy poco.

Después de 15 días de ausencia, aparece por el instituto justo el día en que el resto de sus compañeros están de excursión. Estamos él y yo solos en el aula. No tengo ganas de intentar enseñarle nada. Me tiene muy quemada. Así que, mientras yo corrijo exámenes, le ofrezco el libro de Jimmy Liao y le digo que se esté calladito mirando las ilustraciones.

Pasan más de cinco minutos, y no ha abierto la boca. Le observo con el rabillo del ojo. Llega al final del libro, y vuelve a empezar. En dos meses que llevamos de clase, nunca le había visto tanto rato con un libro en las manos. Ya no puedo dejar de mirarlo. Le pregunto si le ha gustado. “Sí”, contesta. “¿Qué dibujo te ha gustado más?”. Pasa las páginas, hasta llegar a una ilustración en la que los niños protagonistas surcan los aires en un autobús.

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Le digo:”Lee el texto de la página”.

– “Nuestro odio por la escuela hacía que a menudo tuviéramos ganas de huir, pero no sabíamos adónde.”

Pregunta: -“¿Puedo copiarlo en mi cuaderno?”. “Claro”.

Es la primera vez en lo que va de curso que le veo coger un boli. Copia el texto con una caligrafía pésima y, después de pensar unos segundos, me dice:

-“Yo cuando me escapo, sí se adónde ir: a casa de mi madre.”

Y de repente se suelta, y lo cuenta todo. Que su padre está en la cárcel y su madre muy enferma. Él y su hermano, un año más pequeño, viven en un centro de acogida. Estos últimos 15 días se habían escapado y se habían ido con su madre, hasta que los encontró la guardia civil y los devolvió por la fuerza al centro. Durante este tiempo estuvo robando. Tuvo suerte: una cartera tenía 300 euros. Se compró un móvil y le dio a su madre el resto del dinero. Odia el centro de acogida y odia el instituto, porque casi no sabe leer ni escribir y los profes sólo hacemos cosas aburridas.

Ahora va a portarse bien durante un mes, porque el tutor del Centro le ha dicho que, si lo hace, le dejará ir 10 días en Navidad con su madre. Pregunta:

-“Mañana, ¿me vuelves a traer este libro para mirarlo otra vez?

-“Claro”.

Desde ese día de la semana pasada, ha desaparecido. Volvió a huir. Yo sé dónde está, y también sé que gracias a La noche estrellada he conseguido abrir una vía de comunicación. Sé que cuando vuelva las cosas no volverán a ser ya nunca tan difíciles con él. Sé que hay libros mágicos, y sé que hay niños (sí, niños; 14 años) que sólo necesitan un libro mágico para empezar a hablar y a pedir ayuda.

Emma C. (escrito y vivido hace meses y años)

La noche estrellada. Texto e ilustraciones de Jimmy Liao.  Barbara Fiore Editora.