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La vela que no se apagaba y otros misterios sin solución

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“El día en el que los más improbables entre los exploradores encuentran prodigios de la naturaleza tales como una galleta caliente en el Polo Norte; un piano perfectamente conservado en una gruta de Perú; una palmera enana de Shanghai en medio del espacio; o una vela que quema debajo del mar, el mundo enloquece en busca de la razón de su existencia.” Así comienza la descripción de la editorial. ¿Qué pasará después? Ante la incredulidad general, que no da por buenas las explicaciones de algunos expertos, nuestra heroína, Recoleta, una chica muy inquieta, leerá, leerá y leerá, y utilizará toda su capacidad deductiva para dar con la solución.

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Y ahora, ¿por dónde empezar a alabar los méritos de este magnífico álbum ilustrado? ¿Por el texto de Antonio Lozano, que juega con el lenguaje como quiere y que nos demuestra de forma imaginativa y brillante el concepto de verosimilitud? ¿Por las ilustraciones de Alba Marina Rivera, que parecen no tener límites a la hora de acompañar, amplificar, dar el relevo al texto y reforzar su tono humorístico? ¿O quizás debería destacar el final, capaz de resolver de forma eficaz ese “jardín” en el que los autores se metieron –se supone-  sin ningún tipo de coacción?

De lectura obligada en centros escolares de primaria y secundaria, en hogares de personas adolescentes y no tanto y, sobre todo, en sedes de instituciones políticas que quieren hacernos comulgar con ruedas de molino en forma de sobres y cuentas en Suiza.

Ana M.

La vela que no se apagaba y otros misterios sin solución. Texto de Antonio Lozano. Ilustraciones de Alba Marina Rivera. A buen paso, 2013.

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Hacer galletas de canela es fácil si sabes cómo

En nuestras reuniones mensuales en la librería hacemos algo más que hablar.  Mientras comentamos nuestras lecturas, tomamos té y probamos manjares deliciosos.  Por eso en este blog, además de reseñar libros y compartir experiencias,hablamos de recetas.

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En este caso, de recetas dulces. De las ya famosas galletas de canela de Lorena:

“Lo primero es tener canela y azúcar en casa. Si no, vale más que ni lo intentes.

Después, mezclas aproximadamente 110 gramos de mantequilla con la misma cantidad de margarina. Lo bates con el azúcar (300 gramos). Se te va a quedar todo tan enganchado a las varillas que piensas que nunca saldrán de ahí galletas, pero entonces echas dos huevos y todo vuelve a la normalidad. Mezclas bien, y añades los 400 gramos de harina, con tres cucharadas de levadura (la royal de toda la vida) o mejor, dos de levadura y una de bicarbonato (que en mi casa siempre había, y nunca supe para qué hasta que descubrí esta receta). La masa que te va a quedar no resulta sospechosa ni por el forro de dar como resultado galletas. Es blandurria, y uno no ve manera de sacar nada con forma del asunto.

Pero, ¡oh milagro de la nevera! Después de una hora o la noche entera si lo prefieres, preparas un plato con dos o tres cucharadas soperas de canela y la misma cantidad de azúcar, coges cantidades de la masa más o menos del tamaño de una nuez y las envuelves en canela y azúcar. Las dejas lo más esférico que puedas sobre la bandeja del horno (con un papel vegetal te ahorras despegar y fregotear de más) y, cuando ya lo hayas precalentado a unos 200º, las metes unos diez minutos. Fin. Lo puede hacer un simio con guantes, de verdad. Y la casa te huele fantástica, y las vecinas empiezan a pensar que no es tan grave que te hayan dejado procrear. Tengo unas ganas locas de que Nel las pueda comer para que piense que tiene la mejor madre del mundo por un ratito.”

il. de Ofra Amit